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La moral social en el Compendio de la Doctrina Social
de la Iglesia
José Ramón López de la Osa
Dos advertencias antes de comenzar este comentario:
a) Dada la brevedad del espacio he decidido hacerlo en torno a
tres ideas claves que encabezan cada uno de los epígrafes. En ellas
quiero sintetizar la enorme riqueza de este Compedio. Eso hace que el
comentario sea siempre incompleto, pero también expresa los elementos
que resalta el comentarista. De todas formas, en el primer epígrafe (
sin numerar) quiero sintetizar el sentido moral que atraviesa y une
toda la moral social del Compendio.
b) Los números que aparecen en el texto entre paréntesis y sin ninguna
otra abreviatura que los identifique como pertenecientes a otro documento, pertenecen a la numeración de los párrafos del Compendio que
comentamos.
El Evangelio y la dignidad humana: fundamentos de la moral social
cristiana.
Desde las primeras líneas, en la presentación de
este compendio encargado al Consejo Pontificio de Justicia y Paz,
están recogidas las dos claves fundamentales que se desarrollan a lo
largo de todo el trabajo y, como es lógico, de forma más expresa, en
aquellos documentos que más intensamente hablan de la ética social. Y
estas claves son: el Evangelio y la fuerza de la fe que del
mismo brota –incluida la enseñanza de los Padres de la Iglesia
(329)-, y la dignidad del ser humano, llamado a desarrollar
todo el potencial de justicia, amor y paz anunciado en él, y cuyos
valores son el referente fundamental para una comunidad en la que Dios
nos quiere a todos fundamentalmente iguales, sociales y llamados a la
cooperación, la solidaridad y la amistad (448). Por ello y, en las
posibilidades y circunstancias de cada uno, es una llamada a crear,
conservar, distribuir y disfrutar de los bienes comunes necesarios y
convenientes a la naturaleza humana, tanto materiales como espirituales y culturales (482).
En un momento de predominio del pragmatismo ético, donde la
dimensión funcional y práctica domina sobre la utópica, la ética
propuesta en la doctrina social de la Iglesia, quiere satisfacer una
doble demanda: ser una respuesta ineludible (cuando la hay) a
los problemas que nos urgen (la pobreza; la precariedad del trabajo;
el desempleo estructural; la desigualdad insoportable entre países,
áreas regionales y entre distintas comunidades al interior de los
mismos; la familia; la emigración; la educación; la explotación
infantil y el maltrato; etc.), y ofrecer un referente de sentido
axiológico que permita orientar la marcha de nuestras sociedades. Por
ello, ante la actitud creciente del cultivo de una ética sin
obligaciones universales, proclama algo que quiere proponer con un
carácter inalterable: lo humano, en su sentido más profundo, asumido
como un proyecto preciso y esencial (124-151). El modelo de este
proyecto es el Evangelio, donde lo humano no es una afirmación
imprecisa sino que tiene rasgos muy concretos. Es un universalismo de
afirmación del núcleo compartido de lo humano y que admite una
concepción pluralista de la vida. Este sentido de humanidad es lo que
acorta la distancia entre un hombre y otro, y el juez último en la
conciencia de cada uno. Es así como la búsqueda de la justicia aparece
integrada en el discurso ético-teológico. Lo dijeron ya los obispos
latinoamericanos en Puebla: «El objeto primario de la doctrina social
es la dignidad personal del hombre, imagen de Dios, y la tutela de sus
derechos inalienables. La Iglesia fue explicitando sus enseñanzas en
los diversos campos de la existencia: en lo social, en lo económico,
lo político, según las necesidades. Por tanto, la finalidad de esta
doctrina de la Iglesia ...es siempre la promoción y liberación
integral de la persona humana en su dimensión terrena y trascendente,
contribuyendo así a la construcción del reino último y definitivo, sin
confundir, con todo, progreso terrestre y crecimiento del Reino de
Dios» (DP., 475; CA., 54-55)
Por ello, la ética social de la Iglesia que nos presenta este
Compendio que comentamos hoy, no constituye un tratado aparte o un
capítulo autónomo de la moral cristiana, sino que pertenece al
núcleo central del Evangelio y de la evangelización. Este es el
espíritu fundamental que anima todo el trabajo ético-social que vamos
a tratar. De todas formas quisiera presentarlo en el despliegue de
tres afirmaciones que, pretendo, recojan las ideas de moral social
fundamentales, y lo hagan en el contexto del espíritu que anima a la
DSI.
Tres
acentos de la moral social, en la DSI
1. La moral
social cristiana es siempre la misma: la promoción y el respeto a la
dignidad del ser humano
I.- Es
evidente que esta proposición no trata de defender una actitud
inmovilista, ni pretende afirmar la a-historicidad de la moral
cristiana en sus formas concretas. Lo que si quiero
destacar es que la moral social expresada en de la DSI, sigue teniendo
como objetivo fundamental el mismo de siempre: traducir las categorías
de Jesús para hacerlas realidad en el mundo de hoy (32-33). Y en este
sentido la credibilidad moral está en actuar con respecto a las
personas, y en nuestro mundo, de la forma en que Jesús lo hizo en el
suyo (196; 204). Por qué come vuestro maestro con publicanos y
pecadores? (Mt. 9,11); Vino el Hijo del hombre que come y bebe,
y dicen ‘Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras
(Mt. 11,19); Porque vino Juan a vosotros por caminos de justicia, y
no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron
en él. Y vosotros ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer
en él (Mt. 21 ,32); Un fariseo le rogó que comiera con él y,
entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa (Lc. 7,36).
Los sistemas morales proporcionan normas que sancionan comportamientos
sociales concretos (62). Estas sanciones determinan los límites de lo
moralmente aceptado (136-137). Como ocurre siempre, la capacidad para
hacer valer los intereses de las partes mejor posicionadas, disminuye
los márgenes de la tolerancia social y, en ocasiones, favorece los
niveles de marginación (98; 498). En los pasajes evangélicos citados,
Jesús aprecia este contraste. El, por razones morales, supera la
actitud de las normas que, por razones morales también, excluían a
aquellos que Jesús consideraba preferenciales (28; 59; 81; 184). Y el
motivo de esa predilección era la posición de vulnerabilidad que el
sistema de normas, social y religiosamente «aceptadas», asignaba a los
vulnerables (81-82;89).
Es decir, los excluidos eran para Jesús el espacio preferencial desde
el que hacerse presente. Y por razones morales, precisamente, estaba
allí donde las normas, por motivos morales, los excluían (158
;182;449. Para Jesús este era el núcleo de la cuestión moral
(183; 325; 446-450).
II.- Una consecuencia de esto, y como segundo aspecto a destacar, es
el hecho de que las divisiones sociales en el tiempo de Jesús, también
lo eran con respecto al modelo de Dios. En la confrontación entre
judíos y samaritanos, éste era el núcleo central del conflicto. Así lo
expresaba Juan (4,21-23): Créeme mujer que llega la hora en que ni
en este monte ni en Jerusalén, adorareis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis;
nosotros adoramos lo que conocemos...Pero
llega la hora en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en
Espíritu y en Verdad. Dios se hace presente en Espíritu y en Verdad, y este es un tema moral y de formación moral
(62-68).
En la parábola del Juicio Final (Mt. 25,31-46), el Dios de Jesús es un
Dios que se identifica con posturas que toman como centro de la
realización del Reino y, por lo tanto, del compromiso inter-subjetivo,
una actitud de responsabilidad (6; 69; 83; 134; 156; 189; 190) frente
a la dignidad desvalorizada de la persona de los demás, cuya con -secuencia
fundamental son las carencias ajenas en sus formas más realistas
(158): los medios básicos para la vida que han sido dados por Dios
para todos sin exclusión, han de ser solidaria y primariamente
compartidos (tuve hambre, tuve sed ,estuve desnudo, enfermo, en la
cárcel, etc) (192-196). Y esto, en el modelo social actual, parece lo
más escandaloso: en nuestro mundo social, religioso, político y
económico de hoy, hay que hacer algo que equivalga a lo que Jesús hizo
en el suyo. Por eso, que la moral cristiana es siempre la misma,
quiere decir que con las divisiones y exclusiones de nuestro tiempo,
la moral social nos invita a hacer lo mismo que Jesús hizo en el suyo
(60-71). Jesús no vino a abolir la Ley (Mt. 5,17), su vida es
un testimonio de que vino a darle cumplimiento, pero creando una
alternativa a lo existente (3; 33; 54; 324; 522). Es decir, fue mucho
más exigente, pero siempre manteniendo abierta la comunicación con las
personas. Jesús aparece como un transgresor de las categorías morales
de su tiempo, pero con una doble pretensión: recuperar el verdadero
espíritu (sentido) de la Ley y, con ello, poder decirle a la gente
quien era Dios. Ahí radicaba su credibilidad moral (104-151.
Hoy decimos que nuestra realidad es mundial y globalizada (16). Más
que nunca nos admiramos de todo aquello que consideramos un logro de
progreso para el momento cultural y técnico que vivimos (283; 465).
Este proceso «uniformizador» es un hecho que no podemos revertir y,
por lo tanto, la moral nos tiene que ayudar a descubrir el sentido de
las cosas en medio de este modelo tan desigual y des-moralizado
(182-183-184). Si nos interrogamos acerca de los valores que vivimos
en nuestro medio social, la experiencia más inmediata con respecto a
los mismos, es la de la crisis (SRS. 13-25). La vida humana es un quehacer que cada cual debe ir construyendo y donde la orientación a
seguir, en el proceso de esa construcción, no es una tarea fácil de
adivinar. La DSI quiere ayudar al hombre y a la mujer
de hoy a cubrir la más antigua aspiración de la humanidad: vivir la
plenitud de lo humano. La moral social cristiana quiere ser el
medio para proporcionar el sentido de lo moral en un proceso de
continua liberación (82).
2.
Primacía
de la persona sobre las cosas (261)
I.- Este es un principio
fundamental que además de haberse mantenido así de firme a lo largo de
toda la tradición cristiana (Mc. 2, 27-28) y en los diversos
documentos de la Doctrina Social de la Iglesia, en los últimos tiempos
ha adquirido una profundización y un nivel de exigencia mayor (L.E.,
6, 23). En la introducción a la encíclica Laborem exercens, y
hablando del tratamiento dado al trabajo en el conjunto de la vida
humana y de la “cuestión social”, en la que la carta quiere encuadrar este problema, se dice: “Si en el presente documento volvemos
de nuevo sobre este problema –sin querer por lo demás tocar todos
los argumentos que a él se refierenno es para recoger y repetir lo
que ya se encuentra en las enseñanzas de la Iglesia, sino más bien
para poner de relieve –quizá más de lo que se ha hecho hasta ahoraque el trabajo humano es una clave, quizá la clave esencial de
toda la cuestión social, si tratamos de verla verdaderamente desde el
punto de vista del hombre” (L.E.,3). Lo que a partir de
este momento se pone como el núcleo de toda la cuestión social
modifica lo que en otros momentos había sido esta clave: el derecho
natural a la propiedad privada (177). En cuanto clave de
interpretación, el trabajo sustituye a la propiedad privada, que la
encíclica sigue considerando como una responsabilidad importante, pero
poniendo por encima de ella el trabajo. La propiedad es una
hipoteca social que grava sobre la misma, y por lo tanto, el
término “hipoteca” expresa una relación de derechos que se pueden
reclamar. La propiedad se había tratado siempre como un derecho
natural y, como tal, anterior al Estado. A partir de ahora, aparece el
trabajo en aquellos lugares donde antes aparecía la propiedad. El
hombre no se hace persona a través de la propiedad (R.N., 6;7;8;33;
Q.A., 45), sino en cuanto asume su trabajo, y, en este sentido, no se
habla ya del hombre-propietario anterior al Estado, sino de la
primacía de la persona sobre las cosas, del trabajo del hombre sobre
el capital como conjunto de los medios de producción. (L.E., 13).
Y este principio debe de ser aplicado a todos los ámbitos de la vida
humana (420). El hombre como sujeto de trabajo se antepone a todo
sistema económico. Lo nuevo es que para la DSI, el hombre ya no se
personaliza a través de la propiedad privada –que no deja de ser un
medio necesario para el sostenimiento de la familia y de las demás
actividades e iniciativas de la persona, aunque secundario en el orden
de la dignidad- sino a través de su trabajo. Cuando trabaja, el hombre,
realiza acciones “que han de servir todas ellas a la realización de
su humanidad...el primer fundamento del valor del trabajo es el
hombre mismo, su sujeto” (L.E., 6).
En un mundo que genera pobreza, la degradación de los trabajadores, en
cuanto sujetos del trabajo (L.E. 6), no ha hecho más que multiplicarse,
haciendo perdurar injusticias flagrantes o creando otras nuevas (L.E.,
8), en un mundo cuyo mal fundamental es la división entre países ricos
y países pobres, donde la Iglesia considera con preocupación “el
ámbito mundial de la desigualdad y de la injusticia (L.E., 2),
la moral social de la Doctrina Social, debe de preocuparse por “...la
dimensión mundial de las tareas que llevan a la realización de la
justicia en el mundo contemporáneo” (L.E., 2);(373). A esta
preocupación se le asigna un lugar teológico relevante: es el lugar
del pobre. “La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa,
porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de
su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la “Iglesia de
los pobres”. Y los “pobres” se encuentran bajo diversas formas...aparecen
en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del
trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades de
trabajo –es decir, por la plaga del desempleobien porque se
desprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo,
especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la
persona del trabajador y de su familia” L.E., 8); (449).
II.- Las estructuras de pecado. La experiencia de sufrimiento que no ha hecho más que agravarse en los
últimos años, las formas de desarrollo y crecimiento que han
enriquecido a unos y empobrecido aun más a otros, y las carencias de
sensibilidad, no solo personal sino moral, son las diversas
manifestaciones de una misma realidad de pecado a la que la Iglesia
tiene que responder (341). Es necesario responder de una
forma humana a una realidad que solo pro duce un dolor cada vez más intenso en grandes masas de la población mundial. Es una situación
culpable, que tiene unas causas concretas basadas en el egoísmo
estructural, pero que al mismo tiempo, no solo incapacita para verlo,
sino que se justifica desde el punto de vista político, social y
económico. La moral social de la DSI, quiere denunciar esta
insensibilidad que por su permanencia durante numerosas generaciones
ha llegado a naturalizar unas formas contrarias al principio más
elemental de la moral cristiana: “Debemos empezar a “ver al otro”–persona,
pueblo, nación - no como un instrumento cualquiera para explotar a
poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo
cuando ya no sirve, sino como un “semejante” nuestro” (SRS, 39).
El pecado no solo está en el corazón de los hombres sino que se han
creado unos “mecanismos perversos” de carácter económico, financiero y social (SRS.,16, 17, 35, 40). Cada uno puede cambiar y salirse
de este ciclo desumanizador, pero es necesario reconocer este
carácter estructural frente al cual la moral social quiere hacer tomar
conciencia. Esto solo es posible tomando postura a favor de los que
sufren y frente a los elementos que las sostienen.
Esta es la teología de la moral social cristiana: una teología que
surge de las cuestiones de fe, en un contexto de sufrimiento y de
dolor y teniendo como interlocutores aquellas personas que sufren.
En el Evangelio quiere la DSI encontrar la respuesta a las
preguntas sobre el dolor como lugar teológico y como propuesta moral.
Estas respuestas no pueden ser ni teóricas ni
generales, pues la muerte, la injusticia y la tortura no pueden ser
teorizadas. Por ello las propuestas son concretas: hay que compartir
los bienes: tenemos la obligación de aliviar la miseria de los que
sufren “no solo con lo superfluo, sino también con lo necesario”;
los bienes de la Iglesia son patrimonio de los pobres: citando a los
Padres de la Iglesia, el Papa propone “podría ser obligatorio
enajenar los adornos superfluos de los templos y los objetos preciosos
del culto divino para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece
de ello”(SRS., 31); hay que evi tar las conductas insolidarias que
nos enriquecen a costa de los demás: “la problemática en los
lugares de trabajo o en el movimiento obrero y sindical de un
determinado país no debe de considerarse como algo aislado, sin
conexión, sino que depende de modo creciente del influjo de factores
existentes por encima de los confines regionales o de las fronteras
nacionales”(SRS., 9); en definitiva, cambiar las estructuras: es
necesario crear unas estructuras nuevas, tanto al interior de cada
país como en el ámbito internacional (SRS., 35, 39).
Es necesario superar los egoísmos nacionales para poder llegar a un
grado superior de ordenamiento internacional que permita establecer un
orden diferente (SRS., 43). La Iglesia no tiene fórmulas que permitan
establecer estas normativas de carácter técnico, pero la teología
moral de la DSI (SRS., 41), quiere establecer los criterios para
orientar las realidades sociales en la dirección de lo que son las
metas irrenunciables de lo humano: la primacía de la persona sobre
las cosas.
3.
La solidaridad: experiencia
antropológica y teológica de la desigualdad
A lo largo de todo el Compendio, la solidaridad es, predominantemente expuesta como la reacción empática ante
las diferencias. La solidaridad es una actitud ética que brota de lo
profundo del ser humano como una toma de conciencia (experiencia) de
la desigualdad económica, social, humana o cultural y que, en
función de la co-responsabilidad histórica que tenemos con los demás
seres humanos, anima a la conversión que lleva a la experiencia
liberadora.
Los "pecados" de nuestro tiempo quieren ser pecados sin pecador. La
pluralidad de puntos de vista y el desinterés mutuo son indicios de
patente insolidaridad y de falta de responsabilidad. La solidaridad
expuesta en la DSI es una invitación constante a lograr que las
personas, a través de las instituciones y las estructuras sociales,
lleguen a crear las formas de colaboración que permitan reconocer los
intereses de todos los miembros de la comunidad humana. Responder a
estas desigualdades implica hacer cambios en la política
socio-económica, y también, en las actitudes sociales, en la
cooperación del ciudadano y en el modo de llevar a cabo sus
obligaciones. El objetivo de una sociedad con exigencias éticas es la
ordenación justa y la plena conciencia, por parte de los individuos,
de sus obligaciones y actitudes como seres humanos y como ciudadanos.
Por esto, el objetivo de la ética social de la DSI en
momentos de crisis como los actuales, es crear una orientación más
solidaria y menos egoísta: una solidaridad abierta ante lo inevitable
de las desigualdades y las asimetrías existentes. Partiendo de la
constatación de la desigualdad y la asimetría, es como el principio de
la solidaridad nos dice de «qué lado hay que situarse para hacer que
las desigualdades injustas desaparezcan y las inevitables sean tenidas
en cuenta mediante una preferencia que destaque el valor axiológico de
los más débiles»[i].
Esta solidaridad responde a un modelo antropológico y teológico
concreto, que parte de la constatación de una realidad que mantiene en
condiciones de infrahumanidad a un número inadmisible de seres
humanos, y que, en virtud de la universal paternidad de Dios, llama a
restañar esas diferencias para retornar a la unidad de lo humano
respetando la trascendencia de cada uno (130- 134).
[i]
VIDAL, M.; «Etica de la solidaridad», en La Moral
Social hoy, Madrid 1993, 113.
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